Con 28 días de clase menos que los exigidos por ley, debidos al almanaque planteado desde el inicio del año, la Gripe A y los paros docentes, los especialistas explican las consecuencias en el aprendizaje.
Este año Santa Fe cierra en déficit con relación a la cantidad mínima de días de clases exigida por la Ley Nacional 25.864 que rige desde 2004. Según la norma, tiene que haber un piso de 180 días efectivos de cursado en las aulas, pero Santa Fe no llegó: tuvo 152 jornadas de trabajo de docentes y alumnos en el grado.
De arranque, el calendario de este año fue corto. Las clases se iniciaron el 2 de marzo y terminaron el 27 de noviembre. Sin contar los feriados nacionales ni las dos semanas de vacaciones de julio, se contemplaron 176 días, y no 180.
La alta conflictividad gremial no tuvo a Santa Fe como excepción. Hubo 9 jornadas de huelga docente para exigir un aumento salarial: una en octubre y las otras ocho en noviembre, un mes que sólo tuvo tres días de clases por semana. Además, el 27 de mayo la Asociación del Magisterio de Santa Fe (Amsafe) adhirió a la jornada de protesta nacional pautada por la CTA con un paro.
Sin embargo, fue la emergencia sanitaria por la gripe A la que se cobró la mayor cantidad de jornadas de clases: nueve con anterioridad a las dos semanas de vacaciones de invierno y cinco después. La medida de distanciamiento social resultó exitosa para contener la epidemia pero cercenó el año escolar.
En resumen, se perdieron: 9 días de clases por los paros docentes, 1 de huelga de CTA, 4 días no contemplados por calendario, y 14 de gripe A. La suma da un resultado de 28 jornadas menos que las exigidas por ley.
Para el gobierno no hay que recuperar
El Ministerio de Educación de la provincia tiene otra lectura. Reconoce que no se cumplió con el piso mínimo de clases pero en el balance no descuenta los días sin la presencia de los chicos en las escuelas por la gripe A. “Durante la emergencia se continuó el vínculo pedagógico con los alumnos en sus hogares; no podemos contarlos como días perdidos porque no lo fueron”, fundamentó la ministra de Educación, Elida Rasino, quien sólo considera los paros como jornadas realmente perdidas del ciclo.
Si bien es cierto que durante la epidemia los chicos y jóvenes se llevaron tareas para hacer en sus casas, la ley es clara. “Se considerará día de clase cuando se haya completado por lo menos la mitad de la cantidad de horas de reloj establecidas por las respectivas jurisdicciones para la jornada escolar”, dice el artículo 3.
A diferencia de otras provincias (como Córdoba que prorroga el ciclo lectivo hasta el 18 de diciembre), la decisión de la cartera educativa santafesina fue no extender el calendario y el viernes pasado terminaron clases en todos los niveles. Ahora comienza un período de apoyo y recuperación en primaria, los exámenes previos del secundario y la realización de actos escolares y entrega de libreta.
El diagnóstico de los especialistas
Una reconocida pedagoga consultada asegura que el hecho de que se hayan perdido muchos días de clases incide en el rendimiento escolar. “Hay que considerar también las cuestiones sociales que impactan en la escuela, como darles de comer a los chicos. Acá habría que evaluar extender la jornada escolar, que se hace corta, de una forma planificada y tratando de mejorar la calidad y los contenidos”, explicó Inés Dussel, doctora en Educación e investigadora de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso).
La población que está en mejores condiciones económicas envía a sus hijos a escuelas privadas, donde además de no haber huelgas tienen más horas extracurriculares, talleres y disponen de herramientas tecnológicas. “Sin duda el sector que más vulnerable se encuentra ante la pérdida de días efectivos de clase es el de la escuela pública. El sector privado tiene otro control sobre los paros, a veces con presiones a los docentes”, advierte Dussel.
Diana Ferreyra, maestra de la escuela primaria 809 de Santa Rosa de Lima, una de las barriadas periféricas más populosas de la ciudad, aportó: “Que nosotros estemos de paro no cambia el problema de fondo: el alto grado de inasistencia de los chicos porque deben salir a colaborar con sus familias o porque no tienen zapatillas para venir a la escuela”.
En otro establecimiento que atiende a sectores extremadamente pobres, la directora Graciela Agüero y la vicedirectora Claudia Ramírez dijeron que “la gripe A vino a entorpecer todo” y admitieron que el chico necesita de un año escolar regular. “Este es un contexto difícil. Sin gripe A el ausentismo igual hubiera sido alto por la falta de abrigo y de calzado en invierno, no así el resto del año donde los chicos vienen, en parte por el comedor y porque se sienten contenidos”, sostuvieron estas docentes de la escuela Zazpe.
Vínculo pedagógico
“El punto clave de la pérdida de días de clases está en la interrupción misma del diálogo, de ese vínculo necesario entre profesores y estudiantes con el conocimiento. Imagínese a un profesor que quiere retomar un contenido y les dice a sus alumnos: ‘Bueno chicos, como hablábamos hace dos semanas…’. Esto se contrapone a la necesidad de sostener un in crescendo en el diálogo pedagógico docente-alumnos, con el conocimiento como misión”, señala Dussel.
La especialista coincide, sin embargo, con el Ministerio de Educación de la provincia en cuanto a que durante el período de gripe A se mantuvo el vínculo pedagógico. “La presencia virtual, de un docente o tutor, es también presencia educativa. Además hubo, en esa contingencia de la gripe A, mucho apoyo social, de las familias y de los medios que hicieron que los chicos siguieran estudiando y que no sintieran que tenían unas semanas más de vacaciones. Esa experiencia no fue una pérdida de tiempo”, considera.
Con información de El Litoral